domingo, noviembre 19

Grito desde el suelo

Final de Javier Avi

Al doblar la esquina me tropecé con un enorme cincuentón trajeado que me apartó de un empujón y farfulló algo que me supo a todo menos a delicadeza. Me recoloqué el bolso además de la columna vertebral y continué mi camino no sin evitar pensar en el hombre del subsuelo de Dostoyevski, ¿qué sentido tenía? Hacía unos meses que yo había cumplido los 40 y qué sentido tenía. La vida ya era más que suficiente, ya había sido más que suficiente. Aquel personaje apartado del mundo y recluido en su cuartucho del sótano se lo preguntaba también: “vivir más de 40 años es una desgracia, es algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir los 40 años?, los imbéciles y los cretinos”.
—Los imbéciles y los cretinos…, los imbéciles y los cretinos… —Me paré en seco. Deshice mis pasos y desdoblé la esquina—. ¡Cretino!
El hombre ni se dio la vuelta.
—Imbécil… —dije esta vez mucho más bajito, aunque sin saber muy bien si se lo llamaba a él o a mí misma.


jueves, septiembre 14

¿Hay vida después de los 40?

On the Road de Javier Avi

—Por favor, no se paren, ¡sigan corriendo, sigan corriendo!
Lo decía un hombre que estaba en la parte interior de la pista de atletismo, en el césped, anotando no sé qué cosas en su pequeño cuadernillo verde mientas veía a los corredores desfilar. Sería de mediana edad, bajito y vestía pantalones cortos rojos con camiseta a juego. Del cuello le colgaba un silbato verde, igual que el cuadernillo. Como él, serían unos 300 hombres los que custodiaban los 400 metros de pista.
—Disculpe —dije acercándome a él. Disminuí mi marcha hasta pararme y recobré, un poquito, el aire.
—¡Que no se pare, no se pare! —Se llevó el silbato a la boca y me pitó sin compasión en pleno oído izquierdo.
—No, es que no lo entiende… —Comencé diciendo al tiempo que me llevaba la mano a mi oreja, estaba convencida de que sangraba.
—La que no lo entiende es usted, queda terminantemente prohibida la suspensión voluntaria de la marcha. Puede provocar atropellos, embotellamientos y accidentes de consecuencias incalculables al resto de los participantes.
—Lo sé, lo sé, y lo entiendo, por eso que no quiero pararme, lo que quiero es salir.
—¿Salir? —preguntó levantando enérgicamente la cabeza de su cuadernillo verde y mirándome como si quien se lo acabara de preguntar fuera un pingüino en bikini haciendo twerking.
—Sí, me gustaría abandonar, así que si es tan amable de indicarme la salida, prometo no darle más problemas.
—¿Abandonar la carrera?
—Sí.
El hombre agitado miró al resto de los participantes que, muchos de ellos con tremendo esfuerzo, seguían dando vueltas sin descanso y después me miró a mí o al pingüino perreando, y nervioso comenzó a pasar las hojas de su cuadernillo verde.
—Abandonar la carrera… pero, pero, ¿por qué?
—Bueno, llevo 40 años dando vueltas a esta pista y sinceramente no le veo demasiado sentido, no sé si me entiende.
—¿Sentido? —Empezó de nuevo a pasar las hojas como si no hubiera un mañana—. ¿Sentido a qué?
—Bien, veo que nos vamos entendiendo. Efectivamente, el sentido a qué, es el sinsentido que carece de sentido. Las vueltas. Estas vueltas. Siempre lo mismo, ya está, ya he corrido, ya he cumplido, ya me voy, así que ¿la salida, por favor?
El hombre sacó del bolsillo de su pantalón una pequeña radio, se dio la vuelta con cierta pose marcial, y empezó a vociferar por ella.
—Unidad 203 informa que en el metro 147 de la calle interior se está produciendo un código verde, repito a todas las unidades ¡código verde, código verde!
Cuando se dio la vuelta, lo miré sonriendo aunque no sabía si era la actitud apropiada.
—Diríjase a la Unidad 298 y siga sus instrucciones.
—Oh, muchísimas gracias. La unidad 298, 298 es… —dije mientras buscaba al nuevo hombre vestido de rojo a lo largo de la pista.
—Lo encontrara a casi 100 metros de aquí. Y ahora tenga cuidado al incorporarse de nuevo a la calle y ¡corra, vamos, corra!
—Sí, señor —Y me puse a correr de nuevo, como lo había hecho en los últimos 40 años.
—Por favor, no se paren, ¡sigan corriendo, sigan corriendo!
—¡Ey, Elvira! ¡Elvira!
Miré hacia mi derecha, y vi a Marcos, el marido de mi amiga Silvia, corriendo con una de sus hijas a los hombros y la otra en brazos, y empujando un amasijo hipotecario de 380 mil euros, que le impedía dar grandes zancadas.
—¿Qué tal?, ¿cómo lo llevas? —me preguntó.
—Bien, bien, bueno, aquí.
—Sí todos seguimos por aquí. Silvia viene 5 vueltas más atrás, hoy era su día libre y ha bajado la marcha, pero mañana me toca a mí.
—Qué bien, ¿no? —Sí, no sonó nada convincente.
—Me alegro de haberte visto, Elvira, pero yo me adelanto, que como pare un poquito el ritmo me planteo abandonar y no puedo darme ese lujo.
—Claro, claro…
Y lo vi alejarse encadenado no solo a su familia y a su hipoteca, sino a la vida misma. Estuve a punto de pararme para coger un poquito más de aire, me estaba ahogando, pero en ese momento vi a la Unidad 298 y aceleré hasta llegar a él.
—¡Hola! —exclamé con ese entusiasmo sobrado de los niños cuando conocen, en persona, a los personajes de dibujos animados en un parque de atracciones.
—Es usted el código verde de la Unidad 203, ¿verdad?
—No estoy muy segura, de siempre me llaman Elvira.
—Por favor, no se paren, ¡sigan corriendo, sigan corriendo! —Hizo una pausa, miró su cuadernillo, que el suyo era amarillo, y me preguntó sin levantar la vista—: ¿Cuál es el número de su dorsal?
Me miré el pecho y comencé a cantar los 68 dígitos. Después rebuscó en su cuadernillo, el amarillo.
—Aquí está, Elvira Rebollo, 40 años. Un total de 289.762 billones de vueltas.
—Sí, bueno, todas no las he contado, pero calculaba que por ahí.
—Lamentablemente no le podemos señalar la salida. Su corazón sigue en perfecto estado, por lo que todavía le quedan…
—¡No me lo diga!, ¡ni se le ocurra decirme las vueltas que me faltan para salir!, no tenga tan poca sensibilidad…
—¡Elvira!, qué raro, siempre que miro a mi izquierda te veo en la calle más corta y pidiendo sopitas, mujer, si no puedes más, dime, sabes que te puedo ayudar, ¿cuándo no lo he hecho?
Nunca. Nunca lo había hecho. Violeta Pérez era compañera de trabajo, la mujer de las dos caras.
—Gracias, Violeta, estoy bien, es solo un trámite.
—Ay, petardita mía, pídeme ayuda siempre, con lo que yo te quiero. Y tranquila, no diré nada a los jefes, ya sabes que esto de pararse no les gusta nada. ¡Anda, qué casualidad!, ¿te lo puedes creer?, hablando de jefes, en la calle 4 va Rafael. ¡Rafael, Rafael!, ¡espérame que te tengo que comentar algo de las clases de los miércoles!, ¡espérame, Rafael, que he tenido que bajar el ritmo para ayudar a Elvirilla que la pobre se ha tenido que volver a parar!
Miré al hombre del cuadernillo amarillo.
—Dígame que ahora lo entiende, que no me puede dejar seguir corriendo en esta pista, con esta gente.
—No, lo siento. Con cuidado incorpórese a la calle del interior y corra.
—¡No, no, no! —Completamente fuera de mí lo agarré por la camiseta y lo increpé con violencia—. ¡Escúcheme, joder, escúcheme! ¿Dónde está la salida? ¡¿Dónde coño está?! Se lo suplico… Dígamelo… No me ve que estoy agotada… estoy agotada, no puedo más… ¿Seguir corriendo para qué?, ¿para qué…?, déjeme salir…
—¡Código naranja, código naranja!
Las luces del estadio se apagaron y en su defecto se encendieron unos focos anaranjados de gran potencia que iluminaron toda la pista. Empezaron a sonar unas estruendosas sirenas y del suelo, exactamente de la línea que divide la calle interior con el césped y la calle exterior con las gradas, salió un cristal a modo de muro, dejando a todas las Unidades con sus cuadernillos al otra lado del cristal y a los corredores, encerrados y aislados, dentro de la pista. Aporreé el cristal hasta agotarme.
—Por favor, no se paren, ¡sigan corriendo, sigan corriendo!
—Solo necesito parar y descansar…
—Por favor, no se paren, ¡sigan corriendo, sigan corriendo!
—Necesito descansar…
—Tengan cuidado al incorporarse a la calle correspondiente, pueden provocar atropellos, embotellamientos y accidentes de consecuencias incalculables al resto de los participantes.
Con enorme torpeza empecé a caminar, tomé aire tres veces seguidas y seguí caminando pero no pude esquivar al participante que venía justo detrás de mí y que se me llevó por delante. Los dos caímos al suelo, rodamos. Arrastré mi cara lo menos un metro por la pista, me levanté la piel, él no parecía haber salido mejor parado. Lo vi a mi lado agarrándose con dolor primero la rodilla izquierda, y luego el hombro derecho. Le vi la cara.
—¿Joan?, Joan, amor…
—Elvira —me abrazó—, llevo más de 30 vueltas buscándote, ¿dónde estabas?
—Estaba cansada y he parado un ratito pero, mira, te he hecho caer a ti también, lo siento.
—Cuando se corre en equipo ya se sabe —y me miró buscando mi sonrisa, se la regalé, por supuesto—. ¡Esa es mi nena! Venga, pues vamos a la calle exterior que hay menos gente.
—No, no, no, no, por favor, que es más larga y tardamos demasiado en dar una vuelta. Sigamos en esta, en la de dentro, en la cortita.
—¿Tienes prisa por algo? ¡Que más dará! Nena, los dos sabemos que no vamos a ninguna parte.
Pude saborear cierta comprensión en aquellas palabras, ¡por fin!
—¡Por eso, Joan! ¡Busquemos la salida! ¡Abandonemos!
—Yo no quiero abandonar, nena, ya lo sabes.
—Pero ¿por qué?, acabas de decir que… pero… ¡Si solo son vueltas!
—Porque si terminamos la carrera completa y sin trampas, al final te regalan un bocadillo de lomo y un Aquarius, y ya sabes lo mucho que me gusta el Aquarius.
—¿Tu vida por un Aquarius?, ¿de verdad?, ¿lo estás diciendo en serio? —pregunté con una espantosa desolación.
—No, mi vida por dos Aquarius.
Los focos anaranjados se apagaron y encendieron de nuevo las luces naturales, al tiempo que el muro de cristal descendía. Joan y yo, con cuidado, alcanzamos la calle exterior y juntos, allí, acordamos un ritmo de carrera acompasado y sosegado.
—Por favor, no se paren, ¡sigan corriendo, sigan corriendo!



martes, octubre 6

Madrid

     
        Cielo de Madrid de Javier Avi

         Estoy profundamente enamorada de Madrid. Decir esto siendo de Bilbao es como ver a un diabético devorar un  tiramisú, lo entiendes, de hecho tú harías lo mismo, pero no se debe, no se debe y ya está.
        Pero sí, estoy hasta las ñañas. Me encanta por el sonido del metro al pararse en cada estación, es como un resoplido cansado. Me encanta preguntar a quien me acaban de presentar que de dónde es. Me encantan las tapas que te devuelven a casa cenada. Me encanta tirarme horas ante la infinita cartelera de teatro, nunca sé por cuál decantarme. Me encanta que los domingos siga siendo una ciudad y no un lugar de paseo. Me encanta que la lluvia sea motivo imperioso para cancelar cualquier tipo de plan. Me encanta ver a los hipsters y culturetas, por Malasaña o Lavapiés, con la firme convicción de ser especiales. Me encanta llevar sombrero, labios rojos, camisa de lunares y falda a rayas, y que nadie me mire. Me encanta que  "a 30-40 minutos” sea una distancia corta, y que esa anchura se mida por líneas de colores. Me encanta que mi buhardilla toque tu cielo. Me encanta que seas tan mía aun no siendo gato. Me encanta. Me encantas, tú, Madrid.

sábado, junio 6

Presentación Loca Novelife-2

Diseño cartel: Javier Avi


     Si hoy quieres evitar el calor madrileño, qué mejor que colarse en la presentación de "Loca Novelife-2", en el Bar-Librería "Vergüenza Ajena" a las 19:30, buen ambiente y sobre todo cervecitas frescas.
      ¡Allí nos vemos!

lunes, junio 1

LOCA NOVELIFE-2


LOCA NOVELIFE-2
Bueno, pues sí, ya está aquí, se ha hecho esperar pero "Loca Novelife-2" llegó.
Habrá que esperar un poquito más para verla en las librerías pero de momento os adelanto dos fechas de interés:

-2 de junio FERIA DEL LIBRO Madrid. Firma en la caseta nº 50, Librería Maidhisa de 18:00 a 19:30.
-6 de junio PRESENTACIÓN. En la librería "Vergüenza Ajena" (Madrid).

La portada e ilustraciones de su interior son del genio del lápiz: Javier Avi, que también andará mañana en la feria encantado de dibujaros algo si os acercáis.

Gracias y a disfrutar de las nuevas aventuras de la Loca.

miércoles, febrero 18

ConTacón Compañía

ConTacón Compañía de Javier Avi

Cuatro amigos, treintañeros, sentados en el salón de uno de ellos, de Elvira. Forman una pequeña compañía de teatro. Salón pequeño y abuhardillado, en el centro de una gran ciudad. Es de noche y el tráfico se oye fuera. El salón: un sofá y una mesita de café en el centro. Sobre la mesita dos cajas abiertas de pizza con alguna porción mordisqueada dentro. Una botella de vino, otra de agua, 6 botellines de cerveza, vasos y copas. Un escritorio al fondo a la derecha junto a dos grandes estanterías cargadas de libros y discos de vinillo. Al fondo a la izquierda una puerta cerrada. Los cuatro amigos son profesionales del teatro, pero deben dedicarse a trabajos complementarios para ganarse la vida. Luis: director teatral, sentado en una silla a la izquierda del sofá. Adán: actor, sentado en el sofá, en el lado más cercano a la silla de Luis. Elvira: dramaturga, sentada en el otro extremo del sofá. Ángela: escenógrafa, sentada en el suelo sobre un cojín. Todos tienen fotocopiado y encuadernado el último texto teatral de Elvira. En la primera página, en letra Wide Latin y a tamaño 80 se puede leer: “Olga en la azotea”.
Suena Let’s do it interpretada por Eartha Kitt mientras los cuatro parecen leer en silencio el texto. La iluminación es tenue. La música comienza a bajar el volumen hasta desaparecer y sube la luz.

ADÁN.― A ver, yo lo que veo aquí es que es una declaración de amor. Se supone que Marcos está viendo a Olga desde la ventana, ¿no?
ELVIRA.― Sí.
ADÁN.― Ya. (pausa) Entonces el monólogo se lo dice a ella.
LUIS.― ¿A Olga?
ELVIRA.― Bueno…
ADÁN.― Sí, claro, la ve allí arriba, desde su ventana y Marcos empieza a hablar. Un discurso interior que se toma como excusa para narrar la historia de los dos. Marcos es la voz de ambos.
LUIS.― Hombre, no. A ver… (pausa) yo lo que veo aquí, es que ya está muerta.
ELVIRA.― ¿Quién?
LUIS.― Olga.
ADÁN.― ¡¿Olga?!
ÁNGELA.― (Levantando la mano como pidiendo permiso para hablar) Perdón, Olga es la chica de la azotea, ¿verdad? (Adán lentamente cierra su cuadernillo y le enseña la primera página a Ángela, con el dedo subraya el título en letras enormes “Olga en la azotea”) Ah, vale… vale… o sea que sí que es, ¿no?
ELVIRA.― Ángela, cariño, ¿te preparo un café?
ÁNGELA.― Pues igual sí, el día de hoy en la tienda ha sido horroroso, ¿de dónde sacarán tanto dinero las adolescentes para gastar en ropa?
LUIS.― El dinero es lo de menos, lo preocupante de esas tiendas es la música.
ADÁN.― Dijo Ennio Morriconi.
Elvira se pone en pie, también Ángela precipitada.
ÁNGELA.― No, Elvi, ya me lo preparo yo (Ángela sale de escena por la puerta del fondo a la izquierda).
Elvira se vuelve a sentar pero sin dejar de mirar la puerta del fondo. Se oye un ruido fuerte en off.
ELVIRA.― ¡La otra puerta, Ángela, ése es el armario de las escobas!
ÁNGELA.― (off) ¡Gracias! (se escucha otro ruido. Todos en el salón permanecen atentos). ¡Estoy bien! (todos en el salón agachan a la vez la cabeza, vuelven al texto).
ADÁN.― Muerta, dices.
LUIS.―¿Olga? Sí. Eso está claro, yo es lo que veo aquí.
ADÁN.― Yo no lo veo.
LUIS.― Yo lo veo, sí. Vamos, es lo que veo yo.
ADÁN.― Ya. Yo no. No lo veo. Lo que yo veo es que la ve, la ve viva.
LUIS.― Viva no. Lo que yo veo es que lo que ve es su recuerdo. La Olga del pasado.
Elvira toma un trozo de pizza mordisqueada y lo come sin dejar de mirar a Luis y a Adán..
ADÁN.― ¿La Olga del pasado? ¿Su espíritu? Luis, por favor…
LUIS.― Es una alegoría del suicidio. Marcos se casca un monólogo de 70 minutos hablando de la muerte, de lo que fue, del dolor contenido y no del de Olga sino del del propio Marcos.
ADÁN.― (con los brazos en cruz) ¡Por favor, matadme! ¿Desde cuándo una tía caminando por una cornisa de una azotea es una alegoría del suicidio? ¡Eso se llama suicidio en estado puro!, ¡mariconadas las justas!
ELVIRA.― Bueno yo…
ADÁN.―¡Un suicidio que no necesita subtítulos! ¡Claro, transparente, material, orgánico! ¡Su-i-ci-dio!
LUIS.―¡Sui-ci-dio!
ADÁN.― Dijo María Moliner.
ELVIRA.― A ver…
LUIS.― Cría Cuervos, Carlos Saura. La madre muerta va recorriendo la casa, con ella el dolor y el sufrimiento de la hija que a su vez tiene un sentimiento intrínseco de muerte, muerte y asesinato.
ADÁN.― Entre fantasmas, Jennifer Love Hewitt.
Por la puerta del fondo asoma la cabeza Ángela.
ÁNGELA.― Elvi, ¿el azúcar?
ELVIRA.― En el armarito que está sobre la lavadora.
ÁNGELA.― Gracias. (Ángela se va cerrando la puerta, pero todos en el salón siguen mirándola. Se oye un fuerte ruido de cristal roto en off) ¿Elvi, la escoba está en el armario de las escobas?
ELVIRA.― ¡Sí!
ÁNGELA.― (off) ¡Gracias!
Todos en el salón permanecen atentos, se oyen ruidos de puertas abrirse y cerrarse pero sin percances. Agachan la cabeza a la vez, vuelven al texto.
LUIS.― Adán, voy a hacer cómo que no te he oído. (En voz baja) Así no se puede trabajar…
ADÁN.― Dijo José Luis Garci.
ELVIRA.― ¡Bueno basta! ¡No hay suicidio ni lo habrá! A ver, lo que yo veo… ¡No!, ¡lo que yo he escrito!, ¡he escrito yo! ¡yo! ¡Y-O!
LUIS.― Yo.
ELVIRA.―¡Ya! (pausa, más calmada). Olga es una chica que está en la azotea, no sabemos por qué, pero es una gran ciudad, puede ser Madrid, agosto, y hace un calor infernal, quizá intente buscar algo de brisa, pero las causas no nos interesan. Marcos la ve desde su ventana y fantasea con ella, la convierte en su personaje. Y él, a su vez, se transforma en narrador intradiegético omnisciente.
LUIS.― Eso es imposible, si el monólogo está en primera persona no puede ser omnisciente, a no ser que lo relate un muerto.
ADÁN.― Y dale con los muertos…
ELVIRA.― Pues en mi texto sí se puede.
LUIS.― Carece de verosimilitud.
ADÁN.― (Cantando y moviendo los brazos a modo de gogó) ¡Lars, Lars, Lars Von Trier, Lars Von Trier, Lars Von Trier, Trieeeeer!
Ángela entra por la puerta del fondo trayendo un café.
ELVIRA.― Es así y punto. Que para algo lo he escrito yo. (pausa) Vale, y ahora que estamos todos, ¿ideas para la puesta en escena?
ADÁN.― Posdramático.
LUIS.― Neorrealista.
ADÁN.― A ver, Rosellini, estamos en teatro, ¿sí?
ELVIRA.―¿Ángela?
ÁNGELA.― Uy, ¿yo?, no sé… Lo veo más como teatro naturalista. Escenografía realista. Salón de un chico joven soltero, desordenado y pelín sucio, en el centro-derecha. Y a la izquierda, la azotea. La iluminación se podría alternar. Claros y oscuros dependiendo del espacio que se quiera destacar.
ELVIRA.― Me gusta. ¿Y cómo harías la azotea?
ÁNGELA.― Habría que buscar un mecanismo para poner la superficie a otro nivel, una tarima quizá.
ELVIRA.― Sí, pero tengo miedo a que el público no reconozca que se trata de una azotea. (Adán lentamente cierra su cuadernillo y le enseña la primera página a Elvira, con el dedo subraya el título en letras enormes “Olga en la azotea”).
ÁNGELA.― O podríamos poner un cartelito colgado que dijera ‘azotea’.
ADÁN.― Qué mona ella, qué ilustrativa, sigue pensando, cari.
ELVIRA.― Me gusta la idea de Ángela, pero creo que el texto habla solo, sinceramente pienso que si colocamos a Marcos sentado en una silla, en un espacio oscuro y con un foco directo hacia él, podría funcionar.
ADÁN.― ¿Que el texto qué?
LUIS.― Hombre, Elvira, el monólogo está bien escrito, no digo que no pero…
ELVIRA.― Es un texto completo y redondo. No necesita adornos.
ADÁN.― ¿Yo soy un adorno? ¿Hola? (Brazos en cruz) ¡Por favor, matadme!
ELVIRA.― Adán, no he dicho eso, solamente que cuidemos el texto y no lo desmerezcamos.
ADÁN.― ¿Y un actor, una silla y un foco no es desmerecerlo? ¡Por favor, que alguien le diga a esta chica que hay vida más allá de Buero Vallejo! ¡Gracias!
ÁNGELA.― Elvira, ¿la ventana siempre ha estado ahí?
Elvira mira a Ángela y tarda en contestar.
ELVIRA.― ¿Te refieres a ‘siempre’ como a ‘desde la semana pasada’?
ÁNGELA.― Sí.
ELVIRA.― Sí, no la he movido. (pausa) ¿Necesitas otro café?
Ángela no contesta, sigue mirando la ventana del salón.
LUIS.― Elvira, no quiero ser borde, pero debes entender que tu trabajo en la compañía llega hasta aquí. Has escrito el texto y ya. El director soy yo. Quedamos en que mejor sólo una voz para dirigir. Así que si os parece bien, de la puesta en escena me encargo yo.
ELVIRA.― Pues…
ADÁN.― A mí me parece estupendo, dejemos a la de la ornamentación a un lado.
ELVIRA.― Pero…
LUIS.― Bien, pues en ese caso creo que lo más coherente es que dividamos el texto en 5 partes. La primera, Adán, la harás en proscenio, ¿vale? Rompemos la cuarta pared, te diriges al público. Tono neutro.
ADÁN.― ¿Neutro?
LUIS.― Neutro.
ELVIRA.― Aséptico.
ADÁN.― ¡Tú, calla!
ELVIRA.― Mala…
ADÁN.― ¡Te he oído!
LUIS.― Neutro, Adán, neutro.
ADÁN.― ¿Pero qué es neutro?
LUIS.― ¡Zas!, eso no es neutro. ¡Ras!, eso tampoco. Neutro es más “fusss, fussss”. ¿Oyes que la tonalidad cambia radicalmente? ¿Lo entiendes?
ADÁN.― “Fusss, fusss”, ya… creo que lo voy pillando. (Pausa larga) ¿Por qué no alguien trae más cerves de la cocina?, esto va para largo…
Ángela se levanta y sale por la puerta del fondo. Todos permanecen atentos. Se oye un fuerte ruido en off.
ELVIRA.― ¡La otra puerta, Ángela!, ¡ese es el armario de las escobas!
ÁNGELA.― (off) ¿Siempre ha estado este armario aquí?
ELVIRA.―¿Con ‘siempre’ te refieres a ‘hace 10 minutos’?
ÁNGELA.― (off) ¡Sí!
ELVIRA.― (Mira a Luis y Adán y les sonríe) Caballeros, la función ya ha comenzado.

Suena en bajo C’est si bon interpretada por Eartha Kitt.
Por la puerta del fondo aparece Ángela con las cervezas, las deja sobre la mesa y la música sube el volumen. El escenario poco a poco se funde en negro.
Ovación.


domingo, septiembre 28

Visita nocturna

Lectura de noche de Javier Avi

―¡Pero si no hay más café!
―¿Qué? ―pregunté levantando la cabeza del libro.
―Café, que no me has dejado ni una gota. Por cierto, ¿desde cuándo tienes esta mierda? ―preguntó esta vez dando golpecitos con su dedo índice a la máquina de café eléctrica.
―Pero, mamá, ¿qué haces aquí?
―Pues te lo estoy diciendo, mira que eres pesada, intentar tomarme un café, hija, no es tan difícil, ¡un café! Pero una cosa te voy a decir, donde esté el hecho en la italiana que se quite el de estas máquinas de porquería, que lo único que sacan es agua manchada. ¿Cuántos te tienes que tomar para espabilarte? ¡Una docena lo menos!
Me levanté de la mesa, saqué uno de los taburetes de debajo y lo coloqué frente a los armarios. Me subí a él y abrí el armarito más alto de la cocina. Todavía, teniéndome que poner de puntillas, alcancé la cafetera italiana.
―Aquí está ―dije.
―Bien, pero ten cuidado al bajar, no te vaya a pasar como a tu tía Angelines.
―¿Qué le pasó? ―pregunté dando un saltito al suelo.
―Que se dislocó el hombro.
―¿Se cayó de una silla?
―¿Eh? No, no. Siendo crías. Fuimos al río, quiso saltar desde el murillo, y saltó, vaya que si saltó pero el río no cubría mucho, y mira que nos lo advirtió tu abuelo: que lleva semana y media sin llover, pichines, cuidado. Pero nada, tu tía Angelines, que basta que le digas que saque el cascanueces para que se coma un melón.
―¿Cómo?
―¡Tu tía Angelines, que se rompió los dos tobillos!
―¿Pero no fue el hombro?
―No, no, eso fue otro día. ¡Tú no me escuchas!
―¡Pero mamá!
―¡Ni mamá, ni mamó! ¡Cuarenta veces te tengo que explicar las cosas, como a tu padre! ―Hubo un silencio incómodo y luego preguntó―: ¿Cómo está?
―¿Quién?
―Tu padre, ¿quién va a ser?
―La tía Angelines, por ejemplo. ―Me reí al ver su cara de poca paciencia―. Pues no sé, mamá, sé que sigue vivo y poco más.
―Hija… qué poca sangre tienes…
Llené la cafetera de agua y de café y la dejé sobre la vitro encendida. Me di la vuelta y vi a mi madre fisgoneándome los libros sobre la mesa.
―¿Estudiabas? ―preguntó.
―Sí, mirando alguna cosilla. Estoy escribiendo un artículo.
―¿Sobre?
―La locura y suicidio en la obra de Artaud.
―Vaya, siempre tan alegre, hija, siempre tan alegre.
―¿Cómo debería estar?
―¿Le has echado una pizquita de sal al café?
―No…
―Le da mucho sabor. Con una pizquita nada más, solo una pizquita, ¿eh? ―E hizo un gesto con los dedos como si echara esa sal al aire.
―Pues no, no se la he echado.
―A mí el que me gustaba era Jardiel Poncela. Y oye, también habla del suicidio pero de qué manera, te partes con sus obras, te partes. ¡Escribe sobre él!
―Ya…
La cafetera pitó y la retiré de la vitro.
―Tiene una muy buena, sobre la inmortalidad, ¿cómo se llama? Esa en la que toman una pócima y ya no se mueren, qué buena es esa, qué buena y qué divertida, mejor que el Artaud que estaba trastornado perdido. Un tarado. ―Silencio―. Elvira, ya sé que tienes ese carácter tan, no sé cómo, pero ya me entiendes... Habla con él.
―¿Una o dos de azúcar?
―Es tu padre.
―Que si una o dos de azúcar, mamá.
―Pues si tienes sacarina, sacarina. Ahora ya es una bobada, pero me acostumbré a ella. Venga, ¿te has enfadado?
―No me he enfadado, mamá.
―¡Ya, pero te quedas con esa cara que no sé! Hija, yo sólo quiero que no te sientas sola… ¿Sabes la obra de la que te hablo?
Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
―¡Esa! ¡Esa es la que te digo! Sí, esa es… ¿Me entiendes?
―¿Y tú a mí, mamá? Déjame echarte de menos a mi manera. No me digas lo que tengo que hacer, no me lo pidas, por favor.
―Yo no te pido nada, sólo que estés bien, que no te sientas sola.
―No lo estoy ―le dije ofreciéndole el café ya preparado―, tengo a Joan, y tengo las noches.
―Yo no puedo venir siempre y debes dormir. Tienes que intentar dormir algo, hija.
―Se debió de ir él, no tú.
―No digas eso, no digas eso, cariño.
―Nena, ¿estás bien? ―me preguntó Joan entrando en la cocina y encontrándome de pie, frente a la vitro, aferrada a mi vaso de café―. Son casi las 5 de la mañana. Vamos, ven a la cama.
―Sí, ahora voy ―respondí sin darme la vuelta.
―¿Te has tomado el Noctamid?
―No.
―Nena ―dijo acercándose hasta abrazarme por detrás―, necesitas dormir.
―Sí, ya te he dicho que ahora voy.
Lo sentí alejarse y oí la puerta de la habitación cerrarse.
―Tienes mucha suerte de tenerlo ―dijo mi madre―, de que te quiera como te quiere, no es fácil encontrar a alguien que te quiera así, no es fácil, sé lo que digo...
―¿Vas a venir mañana?
―…
―¿Mamá, vas a venir mañana?
Me di la vuelta y mi madre ya no estaba allí. Dejé el vaso sobre el fregadero y me metí en la cama. Me apreté contra la espalda de Joan. Él me acarició el brazo que le pasaba sobre su pecho.
―¿Has terminado ya el artículo? ―me preguntó susurrando.
―No, voy a empezar de nuevo.
―¿Y eso?
―Porque quiero escribirlo sobre Jardiel Poncela.